Fisiología

octubre 7, 2009

capulloVio una rosa con matices anaranjados, amarillos, rosados. Tenues, muy débiles. Se abría en el lugar de su corazón como en el ejercicio que había hecho en la última sesión de meditación, donde además había visto caer rosas blancas a montones.

Bastaba mirarlo. Mirarlo nomás. Se disparaba entonces una muy precisa vibración física y una muy precisa enzima-hormona-biomolécula neurotransmisora que ella quería que algún científico aislara y estudiara para determinar la composición química del amor. (Lo decía y sabía que era ridículo, pero también sabía que debajo de la humorada estaba la certeza de haber descubierto el proceso metabólico que explicaba el destello que tanto la desvelaba.)

En realidad tal vez no bastaba mirarlo. La magia estaba en la entrega: mirarlo, cerrar los ojos, entregarse. Y al cerrar los ojos: alejar el prejuicio, el resquemor, el recuerdo inoportuno, el perfeccionismo, todo aquello que impidiera que la chispa pudiera encenderse. Por eso, seguramente, el rayo hacía poco que había empezado a aparecer: había pasado más de un año, casi dos, para ser exactos, y recién podía atisbarse cierta irradiación, y sólo de vez en cuando. Tenía que correr mucha agua primero: dejar atrás el deslumbramiento, el placer, el temor, la adrenalina, la ansiedad, todas las otras enzimas-hormonas-biomoléculas neurotransmisoras que suelen asociarse al impulso amoroso, pero que no son el impulso amoroso: la simple rosa de matices anaranjados, amarillos, rosados. Tenues, muy débiles.

Entonces acercó su mejilla a la de él. La visión de la rosa se difuminó: ya no era nada: ni visión, ni recuerdo, ni diálogo interior: la mente hizo silencio, por fin.

Ni siquiera tuvo total conciencia de lo que había pasado hasta que él se tocó la mejilla y frunció el ceño, preocupado. La corriente eléctrica había llegado al otro cuerpo sin que ella se lo hubiera propuesto.

No dijo nada. Sólo era un fenómeno fisiológico: a nadie más que a un científico podría interesarle.

El amor, como siempre, era otra cosa.

Último escalón

junio 12, 2009

¿Por qué le daba tanta gracia verlo recortado contra el brillo inverosímil del sol incendiando el río? Fulgurante imagen de postal y sin embargo tan absurda: él sonreía y a ella le divertía que la escena fuera tan perfecta y al mismo tiempo tan inútil. ¿Por qué le daba tanta gracia decirle que no quería verlo más? Decirlo y querer reírse, como si se tratara de un chiste, un sorpresivo disparador de felicidad.

¿Qué podía ser tan gracioso? Por cierto, no lo odiaba; pero eso no era motivo suficiente. Tampoco sentía que se tratara de una pérdida; pero esa razón sólo explicaría la tranquilidad, no la hilaridad. El drama había desaparecido: ya no le temblaba la voz, ni el corazón, ni el alma; ya no sentía cada palabra suya como un golpe o una puñalada; ya se había despojado de la angustia, de la sucia sensación de ser culpable de ser víctima. Pero ¿de dónde nacía tanta alegría?

“Nunca más”, le dijo ella y se subió a la bicicleta con el ánimo satisfecho. Recorrió esas dos cuadras que la separaban de su hogar casi con entusiasmo. Y al llegar empezó a agradecer: estaba contenta y no era lógico, en apariencia, que lo estuviera. ¿Sería un auto-engaño del alma? ¿Una suerte de inyección subrepticia de anestesia para poder soportar el shock de la ruptura? ¿Sería una ilusión?

Las sombras aparecieron nuevamente, el sonido discordante se hizo más intenso, y la pequeña hormiga de la angustia empezó a recorrer en círculos la médula espinal. Se forzó: no dejaría que su ánimo se quebrara. Algo la ponía contenta y tenía que descubrir qué era. Se entregó a las alturas, esperó un momento, se preparó un mate. Y cuando volvió a sentarse, el engranaje de la comprensión empezó a moverse y una pieza con otra se encastraron en la coronilla.

La luz del sol incendiando el río era tal vez la risa de Dios, o para decirlo mejor, la risa burlona de Dios. Y ahora era ella la que se reía de sí misma, de su insensatez, de su necedad, de su incomprensible olvido. ¿En qué momento cayó en la trampa? ¿Cómo podía haber sido tan poco atenta? Un segundo de distracción y había caído de lleno en el pozo de la confusión, como si nunca hubiera estado fuera de él. Se había olvidado por un segundo (un segundo cuyo efecto, sin embargo, se extendió por varias horas) de que ella estaba en otro escalón, de que hacía rato se había liberado de la prisión del apego que conllevan como riesgo los afectos intensos, de que hacía mucho que el cariño desinteresado presidía sus interacciones. Había germinado en ella en algún momento incierto entre el domingo y el miércoles la expectativa de que el vínculo que tenía con él fuera un vínculo romántico, en el peor sentido de la palabra, en el sentido de las reglas de juego que la socialización instituye, no en el sentido de dos palomas que se aparean en la copa de un árbol. Se había olvidado de que, antes que nada y primero de todo, era su amiga. Y ahora, ese sentimiento retornaba con fuerza y le mostraba lo tonta que era.

Entonces, atisbó la verdadera felicidad, la risa simple de Dios, la alegría lisa y llana. Ya no era la comicidad de lo risible o de lo estúpido; era éxtasis puro: el éxtasis que le provocaba volver a subir al escalón del compañerismo, de la solidaridad incondicional, de la mano tendida para el juego y para la ayuda. Se dio cuenta de que quería (volver a) ser su amiga. Podía ser feliz de nuevo.

Visiones

febrero 6, 2009

horoscopo-chino-bueyLo vi en dos oportunidades y comprendí que hay dos formas distintas de ver.

La primera vez fue la acostumbrada: ese click visual que se produce cuando el recorrido neuronal llega a un destino imprevisto y enciende la chispa del entendimiento. Cuando 2+2=4 deja de ser una fórmula vacía y uno ve manzanas, ladrillos o personas que se suman unas a otras y sonríe como si hubiera descubierto el misterio del universo.

Lo imaginé como un búfalo, con la fuerza de un búfalo, con la determinación de un búfalo, con el resoplido de un búfalo, con la admirable y a veces triste conciencia-de-todo-alrededor de un búfalo. Me acordé de la leyenda atribuida a Buda, quien, según se dice, cierto día convocó a los animales y el primero que llegó fue la rata, pero sólo porque se había subido arriba del búfalo. Vi reproducirse entonces una escena que había quedado perdida en mi memoria, muchos años antes de haberme encontrado con él en la intimidad. Y me di cuenta que fue en esa ocasión, que no tuvo mayor importancia para mí entonces, que empecé a quererlo. Fue ese momento el verdadero inicio de este amor, y no el del encuentro íntimo. El descubrimiento significó una especie de migración temporal, inédita, donde un hilo suelto del pasado se integraba a la trama del presente de una manera sorprendente, cambiándolo todo, la historia misma, si tal cosa era posible.

La segunda vez, en cambio, no tuvo palabras, ni fórmulas, ni sinapsis. Simplemente él estaba ahí, frente a mí, sin saber que yo estaba enfrente de él. Había tres pilas de libros que respondían a tres clasificaciones distintas; había un hombre que se acostaba en una cama y cerraba los ojos de cara al sol, persuadido de que el des-engaño, la des-ilusión, la conciencia de maya, era lo mejor para todos.

Mi alma se angustió: no sabía cómo interpretar la escena. No había ahí amor, ni deseo, ni necesidad de encuentro. Había soledad pero no tenía ese nombre: “soledad”. Las cosas eran como eran, y esos ojos sólo me miraban para decirme que las cosas eran como eran, nada más. No había promesa, ni esperanza, ni teleología. Ni siquiera había tristeza: él sonreía, pero no me sonreía, él me miraba, pero sus ojos no se encontraban con los míos.

Sin embargo, y a pesar de la angustia, su imagen ejercía una poderosa atracción sobre mí. Había descorrido la cortina y me había encontrado con algo que no esperaba, que no era la proyección de mi propia interioridad, que tenía una vibración distinta a la que emanaba mi deseo, mi experiencia, o mi temor. Quise ser yo también ese búfalo, vivir en ese entorno, tener esa alterna experiencia dimensional. Quise respirar ese aire, oir esos sonidos, tener esa existencia tan honda y con tanto eco. Quise estar al lado del búfalo, sabiendo que el búfalo tal vez no necesitaba a alguien como yo al lado suyo.

La primera vez yo llegué a la visión; la segunda vez, la visión llegó a mí. Y fue la más clara de las dos.

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