El bien y el mal definen por penal
Julio 31, 2008
No hace mucho te acordaste –en medio de una confesión en la que no quise que ahondaras demasiado– de esa pregunta que escuchaste de boca de alguien muy poco apegado a los recovecos crepusculares del alma: por qué existe la oscuridad, ese reverso ¿innecesario? de la luz.
A mí, a decir verdad, la oscuridad siempre me sonó a ignorancia, esto es, contingencia involuntaria del error, motivada por la falta de determinados saberes o habilidades que, eventualmente, el gran libro de la vida se ocuparía de mostrar cómo reponer. Era una especie de confianza socrática en la inocencia original de la humanidad, que dejaba de lado la concepción del pecado, de la maldad y de la culpa. Sin embargo, desde hace un tiempo –y tal vez ese tiempo tenga una fecha exacta de inauguración– me pregunto, honestamente, si la maldad existe, si la oscuridad no podría ser, también, el efecto de una acción deliberada ante la cual hay que hacer algo más que esperar que el volumen se abra en la página con la lección que corresponde.
(El bien y el mal, la eterna dualidad, ¿nos persiguen otra vez y nos vamos a dejar atrapar? ¿Caeremos acaso en ese lugar común? Es que tal vez haya algo más importante ahí que ese tópico filosófico del cual es preferible huir: un verdadero problema cotidiano, una interpelación a nuestra capacidad de resolver en el terreno práctico e interpersonal nuestra existencia, una duda a nivel piel, una consideración acerca de la físico-química que se pone en juego en cada acto que damos y recibimos.)
Hubo un tiempo en que, como a todas, me gustaban los chicos malos. Como no creía mucho en esto de la maldad, “chicos malos” era más que nada una denominación un poco jocosa para referirme los únicos muchachos dignos de interés: aquellos a los que sacarles una palabra o un gesto de amabilidad era, sin dudas, un mérito propio (invaluable mérito propio) y no un resultado espontáneo de la interacción; verdaderos “hijos pródigos” del amor y la devoción femenina. Como superheroína lanzada al rescate de aquellos aún oscurecidos por simple “falta de competencias”, la bondad carecía para mí de mayor atractivo. No me importaba si para cumplir mi misión debía adentrarme en terrenos cada vez más tenebrosos: era necesario hacerlo: la más bella flor de loto sólo surge en medio del barro más putrefacto y a veces, tenemos que tocar ese “fondo de pozo” de la oscuridad para salir disparados, como un resorte, hacia la iluminación.
Ya no estoy tan segura de ello. En primer lugar, dudo de que la ignorancia (o la torpeza) sean los únicos factores que determinan las malas acciones, aquellas que pueden oscurecer o dañar el cuerpo o el alma de quienes las reciben. En segundo lugar, aun cuando así fuera, dudo asimismo de que la mejor respuesta sea premiar la ignorancia o la torpeza con la aceptación o la veneración incondicional. Y en tercer lugar, ya no me creo una superheroína. Ya no me interesa el desafío de ir al rescate de los que se han entregado, erróneamente, a las fuerzas sombrías. Ya no me gustan los “chicos malos”.
(No me parece que sólo la mierda dé buenos frutos: somos más que médicos, pacientes, y debemos ir tras la luz infatigablemente, aun cuando nos parezca que una temporada en el infierno va a ayudar a las almas perdidas y, sobre todo, a la nuestra que también tiene sus podredumbres. Una cosa es purgar los acopios kármicos personales y otra cosa es darle la mano al diablo para que nos siga dañando y, en consecuencia, siga dañando al mundo. ¿Cómo podemos distinguir una cosa de la otra? Tal vez debamos seguir la estela del amor, que es luminosa y por eso fácil de reconocer, y no las emanaciones tóxicas de la agresión o el abuso. Tal vez sea tan sencillo como eso.)
Te preguntaste no hace mucho –en medio de una confesión en la que, no sé por qué, no quise que ahondaras demasiado– por qué existe la oscuridad, ese reverso ¿innecesario? de la luz. No conozco la respuesta. Creo que hoy por hoy, por otra parte, esa pregunta me interesa menos que la otra más acuciante: si existe, entonces, ¿qué hacemos?
