Un día tomé la determinación de no enviarte más e-mails a tu correo ni mensajes a tu celular: fue justo después de haber redactado, con el esmero de un orfebre, una misiva larguísima y esclarecedora, y lo que había escrito quedó, entonces, en el buzón de salida.
Me pareció, a raíz de ello, que lanzar tales textos al mar del ciberespacio sería una ofrenda mucho más grata al universo, y a mí misma. No fui coherente, sin embargo: a veces abrí el buzón y cargué tu dirección en el encabezado, a veces te avisé que había actualizado el blog; es decir, a veces hice trampa.
La intención de que esto llegue adonde tenga que llegar por obra y gracia del azar, se multiplique y se transforme, está presente aún más allá de mis propios deslices. El poder generativo del signo del amor trasciende al propio objeto del amor. (Aun cuando el objeto siga siendo, por definición, inaccesible, y esta sucesión de escritos se convierta en la narración épica de una búsqueda incesante: la búsqueda de tu aceptación.)