Espejo III: El círculo vicioso
octubre 11, 2008
Ahí estabas, detrás de las persianas cerradas. De nada valía golpearlas o esperar a que se abrieran, y menos aún (no, mejor ni imaginarlo) espiar por las rendijas. Me había acostumbrado a mirar a tus ojos y que éstos miraran a otro lado, pero no me acostumbraba aún a mirarte y que me dieras la espalda. Tal vez, sin embargo, fuera el fin del círculo vicioso; no el fin que yo hubiera preferido, pero fin al fin. En fin.
Recuerdo perfectamente –no sin cierto complejo, por aquello de que no es bueno permanecer atada a algún momento del pasado– el comienzo de la línea recta que, eventualmente, empezaría a curvarse. Ese comienzo fue para mí el exacto punto final de mi monótono paseo en la calesita del amor, el auspicioso punto de partida de una etapa donde me animaría a hacer lo que pocas veces (por no decir nunca) había hecho: dejarme querer.
Dejarme querer; es decir, estar dispuesta a recibir lo que el otro tenía para ofrecerme; es decir, apreciar el valor de la reciprocidad; es decir, dejar de correr tras el caballo escurridizo que más veloz se escapa cuando más se lo persigue. (Comportamiento absurdo que conocía de memoria y que sin embargo sólo ahora, de repente, se revelaba como absurdo.)
Sólo tuve que decirte que sí. No quería decirte que sí: el hábito es un imán poderoso y estaba muy habituada a decir que no a cualquier propuesta que no partiera de mí misma. Y sin embargo te dije que sí, sin quererlo: el acicate de salirme de mis propias reglas fue más fuerte aún que el hábito.
¡Menos mal! Inmediatamente, el karma dejó de tener efecto, el universo volvió a alinearse, la lucha dejó de ser necesaria. Descubrí la belleza de dar y recibir a cambio, y la belleza de recibir y dar a cambio. Avisté a lo lejos la gracia de la simetría, y su esencia de “condición normal” de todo funcionamiento vital. Me di cuenta de que el espejo podía devolverme la imagen que yo le mostraba, y dejé de creer que eso era algo extraordinario.
¡Me había salido del círculo vicioso! Todos mis deseos empezaban a cumplirse, uno por uno, sin esfuerzo. Era libre al fin; libre de mi propia esclavitud, la que habían forjado en el pasado mis temores y esperanzas. Dejaba de repetir la historia: ya no despreciaba a quien me tenía aprecio sincero, y ya no buscaba desesperadamente el aprecio de quien me despreciaba. Y lo más importante: te había descubierto y al descubrirte me había descubierto a mí misma en vos: era igual de vulnerable y necesitaba, en la misma medida, que me dieran una oportunidad.
¿No supe, no quise, no pude? impedir la desviación que eventualmente se produjo: el espejo seguía siendo espejo, pero la simetría se había vuelto otra clase de simetría; irónica, por decirlo así. Yo hacía por vos lo que vos hacías por otra persona, yo sufría con vos lo que vos sufrías con otra persona, yo esperaba angustiosamente de vos lo que vos esperabas angustiosamente de otra persona. ¡Había vuelto al círculo vicioso!
Quise salirme de él (ya había aprendido a hacerlo, podía volver a intentarlo), pero no quise dejarte solo en tu propio atascamiento. Y, sin embargo, no había otra forma de llevarlo a cabo: no se puede mostrar el valor de la libertad y de la reciprocidad, siendo uno mismo esclavo y condescendiente. Y así anduve, yendo y viniendo, como si me hubiera subido de nuevo a la calesita del amor.
Hasta que un día las persianas se cerraron. Ya no había espejo, derecho o torcido, donde pudiera mirarme. Tal vez, sin embargo, fuera el fin del círculo vicioso; no el fin que yo hubiera preferido (ése donde dos seres vulnerables se miran y se dan, mutuamente, una oportunidad), pero fin al fin. En fin.
Espejo I: Estado de gracia
octubre 9, 2008
Estabas en posición fetal, sobre la cama, fumando una última pitada y riéndote serenamente mientras tu amigo D. te hacía algún chiste. Fue una instántanea: una visión grabada en la memoria: la imagen de alguien con el epígrafe “Soy feliz”.
Yo también fui enteramente feliz en ese instante de contemplación. Había llegado sin que nadie lo advirtiera y sin querer me había convertido en el fisgón de una escena deliciosa, que no me excluía pero tampoco me involucraba. Miré la pieza, despojada, sin adornos, sin color; la cama, desordenada, la luz de un foco sin lámpara, estridente y mortecina a la vez. Y en ese marco desabrido, el cuadro que me hacía feliz: ¿cómo era posible? Verte feliz y sentirme feliz: ¿tan fácil podía ser?
Rememoro la escena y ya no veo sólo dos personajes: veo al tercero, el observador, yo misma, en la escena. Veo la contemplación de la felicidad devenida felicidad, el placer del tercero que es ajeno a los sucesos y no entra en el campo de visión de los protagonistas, la fascinación del que mira de afuera. Veo la lente de los ojos, la córnea que refleja, la retina que proyecta. Veo el mecanismo del espejo.
Como un espejo bruñido
mi ser quiere volver a ser.
Si el resentimiento enturbia,
la avidez agita,
el pre-concepto oscurece,
el mandato social opaca
y hasta la lógica obstruye,
convertirse en cristal donde el mundo simplemente se ve como es
no es sólo cuestión de paciencia,
es un estado de gracia.
(Súbito, impredecible, espontáneo).
Como un espejo bruñido
mi ser quiere volver a ser.
Quiere volverse zen.
Quiere volver al ser.
El bien y el mal definen por penal
julio 31, 2008
No hace mucho te acordaste –en medio de una confesión en la que no quise que ahondaras demasiado– de esa pregunta que escuchaste de boca de alguien muy poco apegado a los recovecos crepusculares del alma: por qué existe la oscuridad, ese reverso ¿innecesario? de la luz.
A mí, a decir verdad, la oscuridad siempre me sonó a ignorancia, esto es, contingencia involuntaria del error, motivada por la falta de determinados saberes o habilidades que, eventualmente, el gran libro de la vida se ocuparía de mostrar cómo reponer. Era una especie de confianza socrática en la inocencia original de la humanidad, que dejaba de lado la concepción del pecado, de la maldad y de la culpa. Sin embargo, desde hace un tiempo –y tal vez ese tiempo tenga una fecha exacta de inauguración– me pregunto, honestamente, si la maldad existe, si la oscuridad no podría ser, también, el efecto de una acción deliberada ante la cual hay que hacer algo más que esperar que el volumen se abra en la página con la lección que corresponde.
(El bien y el mal, la eterna dualidad, ¿nos persiguen otra vez y nos vamos a dejar atrapar? ¿Caeremos acaso en ese lugar común? Es que tal vez haya algo más importante ahí que ese tópico filosófico del cual es preferible huir: un verdadero problema cotidiano, una interpelación a nuestra capacidad de resolver en el terreno práctico e interpersonal nuestra existencia, una duda a nivel piel, una consideración acerca de la físico-química que se pone en juego en cada acto que damos y recibimos.)
Hubo un tiempo en que, como a todas, me gustaban los chicos malos. Como no creía mucho en esto de la maldad, “chicos malos” era más que nada una denominación un poco jocosa para referirme los únicos muchachos dignos de interés: aquellos a los que sacarles una palabra o un gesto de amabilidad era, sin dudas, un mérito propio (invaluable mérito propio) y no un resultado espontáneo de la interacción; verdaderos “hijos pródigos” del amor y la devoción femenina. Como superheroína lanzada al rescate de aquellos aún oscurecidos por simple “falta de competencias”, la bondad carecía para mí de mayor atractivo. No me importaba si para cumplir mi misión debía adentrarme en terrenos cada vez más tenebrosos: era necesario hacerlo: la más bella flor de loto sólo surge en medio del barro más putrefacto y a veces, tenemos que tocar ese “fondo de pozo” de la oscuridad para salir disparados, como un resorte, hacia la iluminación.
Ya no estoy tan segura de ello. En primer lugar, dudo de que la ignorancia (o la torpeza) sean los únicos factores que determinan las malas acciones, aquellas que pueden oscurecer o dañar el cuerpo o el alma de quienes las reciben. En segundo lugar, aun cuando así fuera, dudo asimismo de que la mejor respuesta sea premiar la ignorancia o la torpeza con la aceptación o la veneración incondicional. Y en tercer lugar, ya no me creo una superheroína. Ya no me interesa el desafío de ir al rescate de los que se han entregado, erróneamente, a las fuerzas sombrías. Ya no me gustan los “chicos malos”.
(No me parece que sólo la mierda dé buenos frutos: somos más que médicos, pacientes, y debemos ir tras la luz infatigablemente, aun cuando nos parezca que una temporada en el infierno va a ayudar a las almas perdidas y, sobre todo, a la nuestra que también tiene sus podredumbres. Una cosa es purgar los acopios kármicos personales y otra cosa es darle la mano al diablo para que nos siga dañando y, en consecuencia, siga dañando al mundo. ¿Cómo podemos distinguir una cosa de la otra? Tal vez debamos seguir la estela del amor, que es luminosa y por eso fácil de reconocer, y no las emanaciones tóxicas de la agresión o el abuso. Tal vez sea tan sencillo como eso.)
Te preguntaste no hace mucho –en medio de una confesión en la que, no sé por qué, no quise que ahondaras demasiado– por qué existe la oscuridad, ese reverso ¿innecesario? de la luz. No conozco la respuesta. Creo que hoy por hoy, por otra parte, esa pregunta me interesa menos que la otra más acuciante: si existe, entonces, ¿qué hacemos?


