
Ya no quiero pasear por Babel
ni andar buscando el cordel
de Ariadna, o enredarme en dudas de papel.
Sólo quiero sentir el calor de la piel,
el que no se puede fingir ni ocultar, el más fiel
documento del alma, cuando el tiempo detiene su faena cruel y se olvida de darme a cambio de cada ínfimo error una copa de hiel.