enero 22, 2009

ariadna-teseo-ovillo1

Ya no quiero pasear por Babel
ni andar buscando el cordel
de Ariadna, o enredarme en dudas de papel.

Sólo quiero sentir el calor de la piel,
el que no se puede fingir ni ocultar, el más fiel
documento del alma, cuando el tiempo detiene su faena cruel y se olvida de darme a cambio de cada ínfimo error una copa de hiel.

Yateí

diciembre 20, 2008

Salvador Dali

Salvador Dalí

En el corredor de mi casa suelen juntarse las yatei, unas abejas pequeñas y delicadas que revolotean en nutrido enjambre reflejando el sol. En la pared de la fachada tienen su “colmena”: unos tubitos de plástico que salen de entre los ladrillos como si fueran arterias de la casa, anuladas y en desuso. Si uno se sienta en el sillón del living a eso de las diez de la mañana, como estoy yo en este momento, puede contemplar el espectáculo y sentir el mood exacto para dar comienzo a cualquier estado meditativo. Las yatei parecen materializaciones doradas de alguna especie de nerviosa y vivificante lluvia divina; si uno se acerca apenas se corren y jamás pican: son absolutamente inofensivas. Y fabrican una miel suave y fluida que puede conseguirse sólo en pequeñas cantidades, como gotas de rocío.

Yo las miro ahora y me siento en paz. En este momento, no puede haber cosa más bella viva y en movimiento: un chorro orgánico de luz y de oro, un zumbido pianíssimo que apenas se adivina. Los parlantes del equipo hacen sonar Sui Generis con los bajos en cámara, mientras tanto, y siento que la belleza me inunda.

Doce horas antes apenas si podía sobreponerme a la angustia creando situaciones riesgosas que podían ser aún más angustiantes.Y ahora estoy tirada en el sillón y Dios me mima.

Y siento amor; una extraña, novísima, envolvente especie de amor. Siento que te amo de otra manera; me siento amada de otra manera, como si ya no fuera yo la misma persona y como si ya no fueras vos la misma persona. Me imagino en el valle de una montaña y siento amor sin estridencias, como si ese amor estuviera hecho del mismo material de las vigas de madera de la cabaña que hace siglos está asentada sobre la montaña.

Ya ni siquiera hay lugar en mí para ese estado tan frecuentemente visitado de la “revelación”. Siento amor macizo, no fulgurante; amor del lecho del río, no de la superficie ondulante que refleja el sol. Siento que he llorado tanto, tanto, tanto, que he vaciado mi alma de cualquier argumento que me permita excusar necedades ahora imposibles. Siento amor sólido y me siento protegida en él; ya no me quedan más ganas de resistir el proceso de la transformación. Mi nuevo ser está desnudo y despojado, y en esa tierra vacía, arrasada por el llanto, te vas acercando, con amor, y yo bajo los ojos, ruborizada, arrepentida de todo aquello que ya se llevaron las lágrimas.

Punto de partida

diciembre 1, 2008

Escultura hindú

Escultura hindú

Y de repente volvimos al punto de partida, el origen, la génesis. Y nos transformamos en energía deseante, hálito de vida deseante, impulso eléctrico deseante. Sexo: de él partimos y hacia él retornamos. Y lo hicimos casi como si no hubiera ninguna otra cosa entre ese primer encuentro del deseo puro y este otro donde había poco más que puro deseo.

(Deseo puro: ¿puede haber acaso otra expresión más cabal del amor desinteresado? No hay en él cálculo ni proyección, y no se guía por la esperanza de recompensa o la retribución merecida. Deseo puro: es, y se realiza en sí mismo, recibe mientras da, no puede evitar dar para consumarse.)

En nuestro punto de partida, entonces, fuimos simplemente dos cuerpos descubriéndose y deseándose a medida que se descubrían, y deseándose aún más a medida que avanzaba el descubrimiento. Dos cuerpos encontrándose para encontrar el placer y hallándolo en el encuentro inesperado. Dos cuerpos lamiéndose para poder dar con el sabor que aumentaría las ganas de lamerse.

(Oh, gloriosa inocencia del sexo. La voz cuyo susurro tapa todas las importunas elaboraciones de la mente, el impulso animal que descorre la pesada losa de la civilización, el milagro natural que hace que entregarse plenamente sea lo máximo que uno quiera conseguir. Oh, gloriosa inocencia del sexo, cuando lo único que hay es sexo, sin historia ni expectativas.)

Y el puro deseo nos convocó de nuevo. Fue en un momento extraño e impredecible, fuera de toda lógica de continuidad, y con un montón de páginas y páginas acumuladas, cargadas de historia y expectativas. Pero nos entregamos de la misma forma, como si nada hubiera pasado, sin preguntarnos por lo que podía pasar. ¿Con todo lo que había en el medio, como era posible que este nuevo encuentro se sintiera casi como el del punto de partida?

Y nuestros cuerpos volvieron a su oficio secular: desearse, quererse, tomarse; satisfacerse para calmar el deseo, redescubrirse para aumentar el deseo. Dejar que el sexo y sólo el sexo imponga sus reglas. Avanzar, retroceder, avanzar, retroceder, hasta agotar por completo la sed de la piel.

Éramos un par de conjuntos de moléculas densas en colisión siguiendo los mandatos de la naturaleza, y sin embargo ya no podíamos ser sólo eso: aunque aquella inocencia original estuviera presente de algún modo, algo había cambiado. Tu cuerpo no era solamente un territorio donde hallar el placer: era además la reverberancia de otros átomos sutiles a los que había aprendido a amar, y era esa reverberancia la que ahora me colmaba de placer.

Te miré un momento y lo supe: no podría desear de ese modo (del modo más obsceno y más salvaje) cada partícula de tu cuerpo si no sintiera el amor que sentía por cada átomo sutil de tu alma. Y eso no podría ocurrir si no existiera, a su vez, ese montón de páginas y páginas cargadas de historia y expectativas que empezamos a acumular cuando –después del deseo originario– se nos ocurrió preguntarnos por el sentido del encuentro.

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